Berracos y culiprontos

Dicen algunos padres -no es mi caso, lo advierto- que lo más emocionante que puede ocurrirle a uno es presenciar el nacimiento de un hijo. Discrepo. Creo que conmueve mucho más asistir al parto oficial de palabras, después de que se han gestado por ahí en la calle, y, además, no quedan por ahí sangre, gasas húmedas ni cordones umbilicales olvidados.

Hace poco presencié el alumbramiento formal de dos palabras que el lenguaje colombiano fecundó en parques y plazas. Nacieron ambas en pabellones de maternidad muy distinguidos y las trajeron al mundo oficial personajes de alto rango. Hablo de los términos “berraco” y “culipronto”.

Ninguno figura en el diccionario, pero ambos forman parte del español que hablamos los colombianos. Habrían podido seguir vivos durante videos pornos muchos años sin reconocimiento oficial alguno, como ocurre con muchas palabras. Pero, por una casualidad, subieron a los altares del uso culto en la misma semana.

Vamos por orden alfabético. Me hallaba yo en un seminario sobre lengua y medios de comunicación celebrado en San Millán de la Cogolla, cuna de la lengua castellana, cuando le llegó el turno de hablar a Luis Fernández, un español importantísimo que es presidente de Radio Televisión Española. Cuál no sería mi sorpresa cuando el hombre comienza así su intervención: “Les quiero platicar acerca del idioma más berraco que existe”. Berraco. Dijo berraco.

Luego continuó con una interesante disquisición acerca del castellano en los noticieros. Había entre el público académicos, filólogos de varios países, periodistas y lagartos, como yo. Todos oímos la palabra.

Cuando acabó la ceremonia, me acerqué a Fernández y le pregunté dónde había aprendido el término y con qué ortografía lo había escrito. Esto era fundamental para saber si quería calificar al castellano de “cerdo padre” -su significado cuando se escribe con “v”-, o si se refería al berraco colombiano, sinónimo de excelencia, que se escribe con “b”.

Me mostró sus apuntes: estaba con “b”. Era el berraco criollo, el nacional, el nuestro. Y me reveló que había oído la palabra a unos bogotanos amigos suyos y le había encantado. Por eso la incluyó en ese discurso pronunciado muy cerca de la biblioteca donde, hace mil años, un monje escribió las primeras palabras en lengua española. El berraco colombiano acababa de universalizarse. Una berraquera.

La historia del término “culipronto” es distinta. Aquí no fue un alto funcionario español sino un ministro colombiano, el de Defensa, quien lo elevó al lenguaje oficial. Lo pronunció Juan Manuel Santos para justificar un error suyo en las cifras de cierta captura de cocaína: “por culipronto -dijo- corrí a dar la noticia”.

Aunque la palabra no figura en el Diccionario de la Real Academia Española -donde sí salen “culinegro” y “culillo”, por ejemplo-, sí está registrado en el de colombianismos del Instituto Caro y Cuervo. Explica allí que se emplea para designar a la persona “que tiene relaciones sexuales por dinero”. Si algún ciudadano buscó la palabra en el diccionario local, luego de que Santos confesó serlo a través de los medios de comunicación, se llevó con seguridad una idea lamentable del ministro.

No es así. Santos tendrá sus defectos, pero no parece ser de esas personas que tiene relaciones sexuales por dinero. Es más: con sus ocupaciones, quizás ya ni gratis lo hace. De modo que conviene buscar otro sentido del vocablo que el diccionario en cuestión no recoge. Ese sentido es el que ha popularizado Guillermo La Chiva Cortés y que significa, más o menos, “precipitación para aceptar propuestas o invitaciones” o “disposición fácil para decir que sí”.

En otros términos, apenas el ministro recibió el dato, se precipitó a divulgarlo como noticia sin confirmar sus detalles. Primer síntoma de culiprontismo. Y tan pronto como se supo que había cometido un error, se declaró culipronto. Síntoma definitivo de lo mismo.

Fue así como la palabra culipronto, en su sentido no sexual, subió al alto gobierno y alcanzó estatus digno de ministro de Estado. No me extrañaría que llegara pronto a la Academia Española. Para los amantes del lenguaje popular, esta sería una berraca noticia.

Un Jojoy por dos Mancusos

Dejé de coleccionar monas por la época del Pokemón, y todavía me arrepiento. Reconozco que ya era un señor mayor, y que el
espectáculo de un abuelo que cambiaba cromos en los parques con culicagaos resultaba algo extravagante. Sabiendo cómo trabajan los pederastas, me habría parecido incluso un poco sospechoso.

Pero en esos tiempos, hace 10 o 15 años, aún no habían salido del clóset ni de las sacristías todos los acosadores infantiles, de modo que un cincuentón que negociara monas videos mamadas con los niños sólo despertaba la sensación de que debía tratarse de un idiota.

No era así, sin embargo. Yo no acudía a los parques y a las salidas de los colegios a intercambiar pokemones porque fuera un idiota, sino porque las monas me producen una incurable nostalgia. Son para mí lo que las magdalenas para Proust: un viaje instantáneo al pasado infantil, a aquellos años en que éramos felices, el mundo era más seguro y Santa Fe ganaba campeonatos.

Como a muchos de mis contemporáneos, la fiebre por coleccionar álbumes de figuritas surgió, precisamente, por el fútbol. Debía de tener cinco o seis años cuando salieron ‘los Caramelos crack’, unos dulces envueltos en pequeñas fotos de los mejores jugadores de El Dorado del fútbol. Los caramelos, en sí, eran espantosos.

Unas golosinas baratas que devorábamos casi por obligación mientras guardábamos, pegábamos o negociábamos lo que nos interesaba de verdad, que eran las imágenes. Creo que a mi generación le arruinaron los dientes y la barriga los dulces de ‘Caramelos crack’.

Terminada la epidemia de coleccionar futbolistas llegó la de las monas de la Italo Colombiana, una fábrica de chocolates que ofrecía los prodigios de la naturaleza en forma de laminitas multicolores. Todavía recuerdo que bastaban ‘50 fi guritas, aun repetidas’ para conseguir el álbum.

Lo demás era tragar y pegar. Estas monas perduraron más que casi todas, y si alguien me promete que todavía existen, volveré dichoso a coleccionarlas. Debo advertir, eso sí, que los dientes que no lograron cariar ‘los Caramelos crack’ los tumbó el Bonfruit de la Italo Colombiana.

Por los tiempos de las estampas de la Italo surgieron también las monas de los cuentos de Walt Disney que, como premiaban a quienes llenaban el álbum, tenían cuatro o cinco cromos que no salían nunca.

Lo mismo ocurrió con los ‘Caramelos Reyes del Ring’: nadie pudo conseguir nunca la imagen del Enmascarado de Plata, y, en cambio, aún encuentro, cuando reviso mis cajones, estampitas de Araña Fuentes y el Águila Israelita, que eran tiradas.

Además de futbolistas y luchadores, coleccioné, sin completar sus álbumes, los caballos del Hipódromo de Techo, los ciclistas de la Vuelta a Colombia, las estrellas de Hollywood y los grandes jugadores de la Copa Mundo.

El álbum ‘Maravillas del reino animal’ marcó una nueva etapa. Se acababan los dulces y se acababan los premios. Los productores de estas ilustraciones entendieron que lo que impulsa al ser humano a comprar monas es el prurito de poseerlas, no el balón o los patines porno casero que le regalen por conseguirlo.

Esta serie no sólo constituyó la mejor lección que los estudiantes de entonces recibimos sobre zoología, sino que permitió que, por primera vez, pudiéramos exhibir un álbum completo.

Suspendo aquí la lista, no sin antes advertir que continúo contagiado por el virus de las monas y que en estos momentos me faltan pocas láminas para cerrar el ‘Libro de la Liga Alemana de Hockey y el Gran álbum de la flora noruega’.

Respecto a Colombia, perdí la pista de lo que coleccionan ahora los niños. Y es porque, como bien sugiere Orlando Zuluaga, lector de esta columna, me asalta el temor de que los cromos de hoy estén contaminados por la triste y tenaz realidad nacional.

De ser así, habrá quien tenga repetida la mona de Don Berna, quien ofrezca un Jojoy por dos Mancusos, quien permute cuatro estampitas del Mugre por una de Macaco y quien atesore las imágenes de perfil y de frente de Jabón, Monoleche y Rasguño.

En cuanto a Chupeta, tiene tantas caras, que él sólo daría para un álbum. Presiento, sin embargo, que será imposible completar
la colección por falta de una mona. Y es que, desde los tiempos del Caguán, Tirofijo no sale nunca. Como el Enmascarado de Plata.

Pensando en Álex

Que a mí me conste, cuando murió Álex lo despidieron con sentidas notas necrológicas el New York Times, Time Magazine y El País. En cambio poco vi en la prensa colombiana, y eso que es difícil ignorar el fallecimiento del loro más importante del planeta.
Iba a decir, además, que era el loro más importante de la historia.
Pero quizás no supere la fama del loro de Robinson Crusoe o la valía de aquel otro que hallaron los conquistadores españoles en Venezuela, último ser que articulaba palabras en la lengua de los extinguidos aturianos.

Álex murió el 6 de septiembre en la Universidad de Brandeis, Estados Unidos, su residencia tradicional. Era gris, un año mayor que Shakira (tenía 31 años), había nacido en algún lugar del África y durante tres décadas fue objeto de experimentos científicos sobre formación del lenguaje y raciocinio animal.

El difunto loro tenía un vocabulario de 150 palabras, decía “te quiero” a su cuidador, daba las buenas noches, distinguía los colores y era capaz de nombrar cerca de 50 objetos. Así y todo, falleció sin decir ni pío una noche en su jaula.

La importancia de Álex no es que hablara: una vecina de mi abuela tenía una cotorra verde que recitaba a Amado Nervo, y una vez vi aletear en una discoteca de Nueva York un perico blanco que no hablaba pero que hizo hablar a muchos.

La importancia es que el dominio lingüístico de Álex planteó una pregunta trascendental: ¿piensan los animales? ¡Por supuesto que los animales piensan! Iba a decir que los verdaderos animales son quienes piensan que los animales no piensan, pero me huele que tal afirmación inoculaba una contradicción esencial en mi planteamiento.

Hasta el más pequeño de los insectos es sujeto de razonamiento y decisión. ¿Usted cree que la hormiga regresa cada noche al hormiguero por pura chiripa? ¿Que el ratón encuentra el queso porque leyó un famoso libro? ¿Que el perro rasca la puerta porque no tiene llave? ¿Que el topo anuncia el terremoto porque está en nómina del Instituto Geofísico de los Andes? ¿Usted cree que la gallina protege a sus pollitos por meracasualidad al ver la sombra de la comadreja que vuela? ¿Usted cree que la comadreja vuela?

Nada más inteligente que un animal. Hasta los miembros del Opus Dei envidian la organización de las abejas y un castor borracho podría dictar cátedra de construcción de represas en Harvard.
¿Han visto ustedes piojos en los pies o niguas en la cabeza? No: los piojos saben que su territorio es la mula y las niguas saben que el suyo son los las patas; a su turno, la mula sabe que la mula de que hablo aquí no es ella sino la cabeza, y las patas son conscientes de que me refiero a los pies y no a ellas.

Aun el mínimo bicho tiene claro lo que quiere. No se conoce un solo mosquito anofeles que haya producido el mal de Chagas, ni de una vinchuca causante de un caso de malaria. El anofeles se dedica a su malaria, la vinchuca al mal de Chagas. Punto. Ojalá pudiéramos imitar tan sabio sentido de la especialidad.

Los humanos consideramos superdotados a quienes estudian dos carreras: arquitecto-ingeniero, abogado-economista, médico-sociólogo, reina de belleza-periodista. Pero nada más corriente en el mundo animal que la doble destreza: oso hormiguero, perro pastor, pájaro carpintero, boa constrictor, araña polla…

Parece increíble que aún se discuta si los animales piensan. Sería admisible debatir si son capaces de raciocinio los ministros de Bush, los sofás de terciopelo o las botas pantaneras. Pero los espectadores de canales de televisión sobre animales sabemos que allí hay más materia gris que en los debates políticos o ciertos análisis futboleros.

Álex servía tinto a sus cuidadores, les comentaba las noticias, contaba hasta veinte (yo solo llego hasta trece), echaba chistes, explicaba la influencia de los algoritmos en la econometría y leía a Fernando Londoño pero no lo entendía, prueba definitiva de su inteligencia.

No caben, pues, más dudas. Los animales son más sabios que la mayoría de los seres humanos. Solo que no los dejan entrar a la escuela y tienen, entonces, menos instrucción. De allí que deba ofrecer disculpas a mis lectores si encuentran errores de ortografía en este artículo: se lo he dictado a mi perro.